Jornada Mundial por el Fin de la Pesca, violencia acuática bajo el foco

“Avances recientes en nuestra comprensión de la complejidad de su comportamiento, fisiología y neurobiología sugieren que los peces y otras especies acuáticas se encuentran lejos de ser simples autómatas de respuestas reflejo” (Sneddon et al., 2018). Con esta afirmación, diez especialistas del ámbito del comportamiento y de la cognición en peces inician un artículo publicado en la revista Animal Sentience en el que se discuten los principales avances científicos que deberían inclinarnos hacia la idea de que los peces, y probablemente otros organismos acuáticos, son individuos sintientes, es decir, seres con la capacidad de tener experiencias positivas y negativas y, por tanto, vulnerables a experiencias como el dolor.

Hoy, último sábado del mes de marzo, se celebra la Jornada Mundial por el Fin de la Pesca, una iniciativa que se enmarca en la campaña internacional “¿Quiénes son los peces?” (Another perspective on fish), cuyo objetivo es el de mantener activo el debate y la comunicación científica en torno a las vidas afectivas y cognitivas de peces y otros organismos acuáticos, datos ineludiblemente vinculados al debate ético y a las implicaciones políticas correspondientes. El objetivo de este artículo es reflejar algunas de las evidencias científicas que motivan esta Jornada y su llamada a la consideración moral de los intereses de peces, crustáceos y cefalópodos.

Banco de atunes.

El dolor es la experiencia afectiva más estudiada en peces. Cuando sentimos dolor, disminuyen nuestros niveles de actividad o nuestro apetito. De la misma manera, las truchas suspenden la búsqueda de alimento durante tres horas tras ser expuestas a un estímulo potencialmente doloroso (Sneddon, 2003). Las investigadoras Victoria Braithwaite, Lynne Sneddon y Michael Gentle (2003), analizaron la respuesta neofóbica (miedo ante lo nuevo) en truchas mientras éstas experimentaban un estímulo nocivo (ácido subcutáneo). Los peces que no habían sido sometidos a dicha condición, reaccionaban ante un objeto nuevo desarrollando una respuesta clásica de neofobia: aumento de la frecuencia respiratoria y manteniendo la distancia con el objeto. En cambio, los peces que habían sido inyectados con ácido no manifestaban dicha respuesta, es decir, su respuesta al miedo se veía alterada. Sin embargo, la reacción al miedo ante un estímulo nuevo se mantenía si a los peces a los que se les administraba el ácido se les proporcionaba también un analgésico, sugiriendo la posibilidad de que el dolor estuviera capturando toda la atención del individuo e interfiriendo sobre la respuesta al miedo. Este y otros resultados llevaron a las investigadoras del estudio a concluir que “las truchas cumplen los criterios para el dolor” (Braithwaite, Sneddon y Gentle, 2003).

Muchos de los experimentos destinados a estudiar la experiencia del dolor en peces han sido realizados en truchas.

Las carpas doradas aprenden a evitar la zona del acuario en la que se las alimenta si en esta zona reciben una descarga eléctrica. Sin embargo, cuando los peces son sometidos a tres días de ayuno, éstos se exponen más veces y durante más tiempo a la descarga eléctrica para poder acceder a la comida (Millsopp y Lamming, 2008). Este balance de compromisos entre exponerse al potencial dolor (descarga eléctrica) y otras motivaciones (acceso a comida), pone de manifiesto que la reacción de los peces ante la descarga eléctrica dista de ser una respuesta exclusivamente basada en automatismos.

Dorada, una de las especies más consumidas en España.

Más allá del placer y el sufrimiento, los estados afectivos de los seres sintientes quedan condicionados por nuestras individualidades, pues un mismo estímulo podrá tener diferentes consecuencias en función del individuo que lo experimenta. Las doradas, por ejemplo, reaccionan de manera distinta ante estímulos estresantes en función del individuo, así, “las diferencias individuales en las respuestas comportamentales frente a los retos refleja la presencia de personalidad en peces” (Castanheira et al., 2013). Otro ejemplo lo encontramos en un estudio publicado en la revista Applied Animal Behaviour Science, en el que se caracterizó la personalidad de las lubinas en base a diferencias en su motivación por escapar de estímulos estresantes y su nivel de timidez/atrevimiento (Ferrari et al., 2014).

Mientras se acumulan las evidencias que apoyan la capacidad sintiente y la individualidad en peces, hoy los datos sobre sus capturas y producción se reportan por toneladas. Estimaciones realizadas por fishcount.org.uk, indican que entre 2007 y 2016 se capturaron cada año a nivel global entre 0,79 y 2,3 millones de millones de peces. Además, entre 51 y 167 miles de millones de peces fueron matados en piscifactorías para consumo humano en 2017.

¿Cuál es la situación de los peces en la industria pesquera? Heridas, estrés, exposición a depredadores o barotrauma debido a los cambios de presión son algunos de los focos de malestar a los que estos individuos son expuestos. Durante la pesca de arrastre, “los peces nadan en la red hasta quedar exhaustos, acabando en el final de la misma aplastados por otros miles de individuos” (Brown y Dorey, 2019). Una vez en cubierta, los peces todavía vivos morirán asfixiados o eviscerados. En las piscifactorías, se comprometen severamente sus necesidades comportamentales, son hacinados y expuestos a estrés, lesiones, manejo y a una elevada susceptibilidad a enfermedades (Ashley, 2007), para acabar siendo innecesariamente matados mediante procedimientos estresantes y dolorosos.

A pesar de lo distantes que estos individuos puedan parecernos, “las evidencias sobre el dolor en peces son tan buenas como lo son para mamíferos no humanos. De hecho, son mejores que para aves, reptiles y anfibios” (Brown y Dorey, 2019). ¿Y qué hay de los invertebrados marinos que también llegan a las mesas de todo el mundo? Cefalópodos (pulpos, sepias y calamares) y artrópodos decápodos (gambas, cangrejos,…) son los grupos de invertebrados para los que disponemos de algunas evidencias que, en el más conservador de los casos, no nos permiten rechazar la posibilidad de que sean sintientes.

En un estudio publicado recientemente encontramos la que ha sido considerada como una de las evidencias más robustas sobre la capacidad de sentir dolor de los pulpos. En dicho estudio, se observó que los pulpos evitaban un espacio en el que habían recibido daño (Crook, 2021). Asimismo, desarrollaban preferencia por un espacio en el que dicho daño había desaparecido (Crook, 2021). Según el investigador, “estos datos apoyan la existencia de un estado afectivo negativo y duradero en pulpos: la primera evidencia para la experiencia del dolor en este clado de invertebrados neurológicamente complejos” (Crook, 2021).

Pulpo común.

En relación a los crustáceos decápodos, el análisis de los relativamente escasos datos entorno a la sintiencia en artrópodos conduce a algunos autores a la conclusión de que es probable que sean sintientes (Feinberg y Mallatt, 2017; Tye, 2017). Uno de los experimentos más reveladores fue llevado a cabo por Marry Bagee y Robert Elwood de la Queen’s University Belfast. En sus estudios, observaron que cangrejos ermitaños abandonaban su caparazón si eran sometidos a una descarga eléctrica. Sin embargo, cuando éstos detectaban olor a depredador en el ambiente, se reducía su predisposición a abandonar el caparazón después de la descarga (Magee y Elwood, 2016). Estas observaciones sugieren que el comportamiento de salida del caparazón ante la descarga no es una respuesta reflejo, sino que se establece un balance de compromisos entre el dolor de la descarga y la amenaza de la depredación (Magee y Elwood, 2016), lo que es consistente con la posibilidad de que estos invertebrados sean sintientes.

Cangrejo ermitaño.

Abandonar la burbuja antropocéntrica pasa necesariamente por asumir las implicaciones éticas y políticas de estos datos, pues aceptar que peces y algunos grupos de invertebrados acuáticos sienten y sufren nos fuerza a reconsiderar nuestras acciones en múltiples esferas: desde la pesca hasta la crisis climática antropogénica, pasando por el mascotismo y la acuicultura. Por ello, desde “Antropología de la Vida Animal, Grupo de Estudios de Etnozoología” sumamos nuestro apoyo a las reivindicaciones de la Jornada Mundial por el Fin de la Pesca que hoy se celebra y a su objetivo de llamar la atención de la opinión pública sobre “la existencia de seres sintientes cuyas vidas solemos ignorar y que son objeto de una violencia rutinaria”.

Referencias:

Ashley, P. J. (2007) ‘Fish welfare: Current issues in aquaculture’, Applied Animal Behaviour Science, 104(3–4), 199–235.

Brown, C. y Dorey, C. (2019) ‘Pain and Emotion in Fishes – Fish Welfare Implications for Fisheries and Aquaculture’, Animal Studies Journal, 8(2), 175-201.

Castanheira, M. F. et al. (2013) ‘Can We Predict Personality in Fish? Searching for Consistency over Time and across Contexts’, PLoS ONE, 8(4), 1–9.

Crook, R. J. (2021) ‘Behavioral and neurophysiological evidence suggests affective pain experience in octopus’, iScience, 24(3), p. 102229.

Feinberg, T. E. y Mallatt, J. M. (2017) The Ancient Origins of Consciousness. How the Brain Created Experience, Cambridge: MIT Press.

Ferrari, S. et al. (2014) ‘First links between self-feeding behaviour and personality traits in European seabass, Dicentrarchus labrax’, Applied Animal Behaviour Science. s161(1), 131–141.

Laubu, C., Louâpre, P. y Dechaume-Moncharmont, F. X. (2019) ‘Pair-bonding influences affective state in a monogamous fish species’, Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, 286, 20190760.

Magee, B. y Elwood, R. W. (2016) ‘Trade-offs between predator avoidance and electric shock avoidance in hermit crabs demonstrate a non-reflexive response to noxious stimuli consistent with prediction of pain’, Behavioural Processes, 130, pp. 31–35.

Millsopp, S. y Laming, P. (2008) ‘Trade-offs between feeding and shock avoidance in goldfish (Carassius auratus)’, Applied Animal Behaviour Science. 113(1–3), 247–254.

Sneddon, L. U. (2003) ‘The evidence for pain in fish: the use of morphine as an analgesic’, Applied Animal Behaviour Science, 83(2), 153–162.

Sneddon, L. U., Braithwaite, V. A. y Gentle, M. J. (2003) ‘Novel object test: examining nociception and fear in the rainbow trout’, The Journal of Pain, 4(8), 431–440.

Sneddon, L. U. et al. (2018) ‘Fish sentience denial: Muddying the waters’, Animal Sentience, 21(1).

Sneddon, L. U. (2019) ‘Evolution of nociception and pain: evidence from fish models’, Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 374.

Tye, M. (2017) Tense Bees and Shell-Shocked Crabs: Are Animals Conscious?, New York: Oxford University Press.

Especismo en pandemia: el caso de los visones americanos en Europa

Según datos de la Universidad Johns Hopkins, la pandemia del nuevo coronavirus SARS-CoV-2, responsable de la enfermedad COVID-19, ya ha causado más de 2,69 millones de muertes y suma más de 121,84 millones de infectadas en la especie humana (Dong et al, 2020). Sin embargo, la pandemia no ha sido ajena al resto de especies con las que convivimos. Los visones americanos (Neovison vison) fueron los primeros animales criados en granjas intensivas en experimentar brotes de SARS-CoV-2, hecho que se fue repitiendo a lo largo de 2020 y 2021 (do Vale et al, 2021). 

En este artículo trataremos de resumir algunos de los brotes de SARS-CoV-2 que han surgido en granjas peleteras europeas en las que se crían visones americanos. También expondremos los factores que han facilitado la aparición y transmisión del virus en las granjas, así como las motivaciones que han llevado a elegir métodos de gestión que pasan por el exterminio de individuos. Del mismo modo, intentaremos abordar la problemática de la pandemia y, por supuesto, la de la industria peletera desde una perspectiva antiespecista. 

Revisión de los principales brotes de SARS-CoV-2 en granjas de visones europeas durante el 2020

El motivo por el cual el nuevo coronavirus infecta sólo a ciertos animales reside en la enzima conversiva de la angiotensina 2 (ACE2). Este receptor es la diana a la que se une la proteína espiga del SARS-CoV-2 y, por lo tanto, la puerta de entrada del virus al cuerpo. Mientras algunos animales presentan una configuración estructural del ACE2 que es incompatible para el virus, otras especies como la humana, las felinas o las mustélidas -visones, hurones o nutrias, entre otros-, presentan una conformación en ACE2 idónea para el virus, lo que las hace más susceptibles a infectarse (Hayashi et al, 2020).

Primeros casos en los Países Bajos

En el caso de los visones americanos, los primeros positivos a SARS-CoV-2 se reportaron en dos granjas peleteras de los Países Bajos a finales de abril del 2020. Inmediatamente se inició una investigación que probó que la introducción del virus se produjo a través de la especie humana y que, una vez dentro, el virus se había transmitido de visón a visón. Además, la investigación abría la puerta a la posibilidad del contagio de visones a humanes (Enserink, 2020; do Vale et al, 2021).

En junio, el SARS-CoV-2 ya se había introducido en 12 de las 130 granjas holandesas de visones americanos y quedaba claro que la transmisión visón a visón era elevada. A pesar de que estos animales pasan toda su vida en cajas individuales, separadas del resto, es posible que el SARS-CoV-2 se expandiera a través de la inhalación de gotitas del sistema respiratorio de visones infectados, la alimentación o restos de materia fecal. La densa población de visones en granjas peleteras podría haber disparado la evolución del virus hacia formas más virulentas, sin embargo, en este caso, el contagio de visón a visón no parecía estar aumentando su virulencia. Además, la posibilidad que el brote se extendiera más allá de las granjas y contagiara a la población humana circundante era remota (Enserink, 2020).

Sin embargo, en la memoria de les vecines estaba la epidemia de fiebre Q, que tuvo lugar entre el 2007 y el 2009, y que surgió de explotaciones de cabras de la zona, lo que aumentaba el miedo a que sucediera algo similar con el SARS-CoV-2 y los visones.  A pesar de que sólo 2 de los casi 50.000 casos confirmados de COVID-19 en humanes podían vincularse a las granjas de visones, el 6 de junio, el gobierno optó por gasear hasta la muerte a todos los visones de granjas infectadas (Enserink, 2020). Esta medida se tradujo en la muerte de decenas de miles de visones, una cifra que ascendió hasta 1.5 millones de visones en septiembre del 2020. Por supuesto, se compensó económicamente a todas las explotaciones que sufrieron pérdidas (Enserink, 2020; Selten & Riker, 2020).  

Mientras tanto en España

A pesar de ser el primero, el caso de los Países Bajos no fue, ni de lejos, el último. A finales de mayo del 2020, 7 de les menos de 30 trabajadores de una explotación peletera de Teruel dieron positivo por coronavirus. Tras diversos análisis que resultaron negativos o no concluyentes, en julio se confirmaron 78 positivos en una muestra de 90 visones, lo que suponía el 87% de individuos infectados (FAADA, 2020; do Vale et al, 2021). Una muestra muy pequeña teniendo en cuenta que estos resultados bastaron para que se aprobara el exterminio de los 92.700 visones asintomáticos que existían en aquel momento en la explotación. Del mismo modo, se realizó sin tener ninguna prueba del salto del virus entre visones y humanes y, de nuevo, se compensó económicamente a la explotación. Ante esta gestión, la Asociación para la Defensa de Víctimas de Injusticias (Apadevi) se querelló contra el propietario de las instalaciones, al que acusó de maltrato animal por no adoptar medidas a tiempo para evitar el contagio. El caso se archivó en octubre y, aunque Apadevi recurrió al sobreseimiento, el propietario comunicó al ayuntamiento su intención de reanudar la cría de visones (Rajadel & Moreno, 2020). 

Minkgate en Dinamarca

Sin duda, el caso más sonado fue el de Dinamarca, el principal productor de pieles de visón de Europa (Pickett & Harris, 2015). Entre junio y agosto del 2020 se confirmaron casos en 4 granjas de visones y en 3 de ellas se reportaron positivos entre les trabajadores. Apelando a la precaución, se ordenó matar a todos los visones de estas 3 granjas y se instauró un nuevo programa de vigilancia nacional. En septiembre, el número de granjas de visones infectadas había ascendido a 27 de las 1139 que existen en el país y en noviembre ya se conocían casos en más de 200 granjas (Freixes Carbonell, 2020; do Vale et al, 2021). 

A principios de este mismo mes de noviembre, al miedo generalizado producido por los casos europeos se le sumó una declaración del instituto danés Statens Serum en la que manifestaba su preocupación ante la aparición de una nueva variante del virus asociada a visones de granjas danesas. El informe hizo saltar todas las alarmas al apuntar que las 12 personas infectadas por esta nueva cepa parecían “menos sensibles a los anticuerpos”, de lo que se extrapoló que “se podría poner en riesgo la eficacia de una futura vacuna si la mutación se expandía a escala internacional” (Freixes Carbonell, 2020; Grove Krause, 2020). La Organización Mundial de la Salud  (OMS) reaccionó inmediatamente al informe pidiendo cautela: “Las conclusiones notificadas recientemente por las autoridades danesas de salud pública (Statens Serum Institut) en relación con la nueva variante de SARS-CoV-2 detectada en seres humanos deben confirmarse y evaluarse a fondo para poder entender mejor las posibles repercusiones por lo que respecta a la transmisión, el cuadro clínico inicial, los medios diagnósticos, los tratamientos y el desarrollo de vacunas.” (OMS, 2020). Pero ya era demasiado tarde. Ante la posibilidad de una variante danesa del SARS-CoV-2 vinculada a las granjas de visones, el gobierno danés optó por la vía más rápida, y descabellada, posible. En palabras de la primera ministra danesa Mette Frederiksen: “Es necesario matar a todos los visones de Dinamarca”. Dicho y hecho. Así empezó el lamentable noviembre danés, con el exterminio de todos y cada uno de los visones del país: entre 15 y 17 millones de individuos. De nuevo, esta medida se acompañó con elevadas compensaciones económicas para las explotaciones. Sin embargo, la orden de exterminio no tenía ninguna base legal, lo que acabó desencadenando la dimisión del ministro de agricultura y obligó a la ministra a pedir disculpas públicamente (Freixes Carbonell, 2020). En estas declaraciones, Frederiksen dirigió sus disculpas a quienes trabajaban en la cría de visones, ensalzó su excelente trabajo y culpó al coronavirus:

“Tenemos dos generaciones de excelentes granjeros de visones, padre e hijo que, en un plazo muy corto, han visto como todo el trabajo de una vida se ha hecho añicos y eso ha sido emocionalmente muy duro para ellos. Como decía a los granjeros, hemos hecho un buen acuerdo de indemnización. Ellos y todos los criadores de visones recordarán que no hemos tomado esta decisión por su culpa, que no han sido malos granjeros, al contrario, son los mejores del mundo. Ha sido culpa del coronavirus. No es culpa de los granjeros que esta profesión pueda desaparecer” (Freixes Carbonell, 2020; WION, 2020).

A lo largo de 2020 se produjeron muchos otros brotes en países europeos como Italia, Lituania o Grecia. No detallaremos estos casos aquí para no extendernos en exceso, pero si esta información es de su interés, puede consultar los datos en el apartado “SARS-CoV-2 virus detections in the EU/EEA and UK in mustelids” del informe “Monitoring of SARS-CoV-2 infection in mustelids” publicado por la European Food Safety Authority (Boklund et al, 2021).

Visón americano en una granja peletera de Ontario, Canadá (2014). Jo-Anne McArthur / #MakeFurHistory (www.weanimalsarchive.org)

Perspectivas en 2021: 

En total, se han reportado más de 400 brotes de SARS-CoV-2 en granjas peleteras (Boklund et al, 2021). Esto evidencia, por una parte, que el visón americano es especialmente susceptible al SARS-CoV-2, lo que lo convierte en un buen reservorio para el virus y, por otra, que el modelo intensivo de producción de pieles favorece la transmisión de visón a visión, lo que aumenta las probabilidades de mutación del virus y la aparición de nuevas variantes. Esta evidencia ha contribuido al descenso de las granjas peleteras activas en Europa, que han pasado de 2.726 a 755 durante el 2020, lo que supone una reducción del 73% (Boklund et al, 2021; Rejón, 2021). 

En algunos casos, como el de Dinamarca o Italia, estos cierres van a ser temporales y limitados a la duración de la pandemia. En aquellos países en los que se ha optado por acabar con la cría del visón de forma definitiva, se han establecido periodos de transición de años. Por ejemplo, en Alemania la prohibición definitiva entrará en vigor en 2022, en la región belga de Flandes en 2023 y en Francia, Eslovaquia y Noruega en 2025. Estos países se sumarán a Reino Unido (2000), Austria (2005), Suiza (2008), Macedonia del Norte (2014), Eslovenia (2016), Croacia (2017), las regiones belgas de Valonia y Bruselas (2018), Luxemburgo (2018), Chequia (2019), Serbia (2019) y, recientemente, los Países Bajos (2021) y Bosnia y Herzegovina (2021), en los que ya es efectiva la prohibición de criar visones para comercializar sus pieles (Boklund et al, 2021).

En España, la tendencia es totalmente opuesta con 26 granjas activas de las 29 que había antes de la pandemia (Animal’s Health, 2021a; Rejón, 2021). Poco se aprendió del primer brote en Teruel que acabó con la vida de 92.700 visones. De hecho, se registraron dos nuevos brotes a inicios de 2021, uno en Galicia y otro en Ávila, que, de nuevo, acabaron con la muerte de 3100 y 1010 visones, respectivamente (Animal’s Health, 2021b; 2021c). A pesar de que estos casos han reavivado el debate público sobre si es seguro mantener las granjas de visones americanos en activo, la única respuesta del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), a nivel nacional, ha sido la publicación del “Programa de prevención, vigilancia y control de SARS-CoV-2 en granjas de visón americano en España” (MAPA, 2021), con la idea de controlar las explotaciones activas, que son casi todas. En terreno de regulación, este pasado mes de febrero, las Cortes de Aragón aprobaron una Proposición No de Ley, presentada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), que insta al gobierno de Aragón y de España a cerrar las granjas. Sin embargo, la propuesta original ha sido enmendada por las Cortes para incluir la condición de temporalidad mientras dure la pandemia (Animal’s Health, 2021d). La motivación de estas medidas es la de proteger el empleo y la actividad económica, aunque como bien apunta la responsable del programa de especies de WWF, Gemma Rodríguez, “ese empleo no es de calidad, hay mucho temporal y precario” (Rejón, 2021). 

Notablemente, España no ha sido el único país europeo que ha optado por mantener las explotaciones operativas. Finlandia, Polonia, Lituania o Grecia, entre otros, han seguido los mismos pasos, a pesar de que algunos de ellos también han sufrido brotes de coronavirus en granjas de visones durante 2020 y 2021 (Boklund et al, 2021; do Vale et al, 2021). 

Independientemente de estos casos, la pandemia parece estar acelerando el fin de las granjas de visones americanos en Europa. Desde una perspectiva antiespecista, esta debería ser una buena noticia. Sin embargo, no podemos desvincular este acontecimiento de los millones de víctimas que ha comportado. Del mismo modo, tampoco podemos pasar por alto los discursos y las motivaciones antropocentristas que han conducido al exterminio de visones como forma de control de la pandemia. 

Los visones frecuentemente se hieren y canibalizan unos a otros en las condiciones de hacinamiento de las granjas de pieles. Suecia (2010). Jo-Anne McArthur / Djurrattsalliansen (www.weanimalsarchive.org)

Revisitando la situación desde una perspectiva antiespecista

Discursos que facilitan el exterminio

En el contexto de la pandemia, los visones americanos han aparecido en muchos titulares de grandes medios descritos como una amenaza para la salud pública. Aunque en algunos casos se ha explicitado que la amenaza reside en las explotaciones y no en estos animales, permitir, ya sea por economía del lenguaje o por sensacionalismo, que la responsabilidad recaiga en los visones americanos es problemático porque, como veremos a continuación, han sido las principales víctimas de lo acontecido. 

En Europa se crían unos 34,7 millones de visones, una cifra que asciende a 60,3 millones a nivel mundial (Humane Society International, 2018), ya que se necesitan entre 50-60 visones para elaborar un solo abrigo de piel (Animal Ethics, 2016). Con tal de reducir los costes de la producción de pieles, los visones se mantienen confinados durante toda su vida en pequeñas jaulas, de unos 75 x 37.5 x 30 cm, en las que apenas disponen de espacio para moverse y mucho menos para nadar o correr. Dado que los visones son mamíferos semiacuáticos, el confinamiento unido a la falta de acceso a espacios acuáticos en los que nadar, frustra el desarrollo de sus conductas naturales y les evoca a desarrollar altos niveles de estrés. Dicho estrés se manifiesta en estereotipias, movimientos repetitivos dentro de la jaula sin razón aparente, pero también en conductas de automutilación, canibalismo o infanticidio, totalmente anómalas en los visones. Otro factor agravante del estrés que padecen los visones son las propias jaulas en las que viven confinados y la poca higiene que les procuran sus explotadores. Los suelos de las jaulas están hechos con alambres para que los excrementos de estos animales caigan a través de ellos y se acumulen bajo las jaulas. Este tipo de suelos resultan incómodos y antinaturales para los visones. Además, al ser animales con un agudo sentido del olfato, la acumulación de desechos también resulta muy molesta para ellos. Todo este sufrimiento podría afectar su sistema inmunitario, facilitando la transmisión de virus. De modo aún más obvio, la acumulación de heces en los suelos de la explotación y la falta de limpieza de las jaulas, junto a la alta densidad de animales crea un caldo de cultivo idóneo para la aparición y transmisión de enfermedades y parásitos. Por otra parte, muchas instalaciones explotadoras carecen de un correcto aislamiento, lo que expone a los visones americanos a las inclemencias del tiempo: al frío extremo en invierno, al calor sofocante en verano o a inundaciones de lluvia o nieve, lo que puede llevarlos a la muerte o, por lo menos, comprometer seriamente su salud (Animal Ethics, 2016).

Así pues, la elevada transmisión del virus entre visones no se debe únicamente a la susceptibilidad biológica que estos animales comparten con la especie humana, sino a la propia naturaleza de su explotación, que compromete su capacidad inmunológica y facilita la expansión del virus. Por lo tanto, la verdadera responsabilidad debería recaer en la especie que los explota, la humana. Por si eso fuera poco, según un reciente informe de la Autoridad de Seguridad Alimentaria Europea (EFSA) (Boklund et al, 2021), en todos los brotes de SARS-CoV-2 producidos en Europa durante el 2020, la introducción del virus a las granjas se produjo por transmisión humane-visón. Todo ello apunta a que la verdadera amenaza para la salud pública reside en los sistemas que nuestra especie ha desarrollado para explotar a otras, no en las víctimas a las que oprimimos. Algo que se ha venido obviando durante toda la pandemia y que también se ha visto reflejado en la toma de medidas ante la aparición de brotes.

En la gestión de los brotes producidos en granjas de visones europeas, ha primado el principio de precaución únicamente para proteger vidas humanas. Esto ha dado pie a respuestas precipitadas, irracionales, injustificadas y, como veíamos en el caso de Dinamarca, incluso ilegales, que han concluido con la muerte de millones de visones americanos. Este exterminio se ha percibido como la única salida posible, no sólo por razones de salud pública, sino también por cuestiones medioambientales. El visón americano es una especie importada de otro continente que cuando escapa o es liberada al medio natural compite por el hábitat y el alimento con otras especies como el visón europeo, que se halla en grave peligro de extinción. Del mismo modo, tampoco se considera posible devolverlos al continente americano, ya que, debido al elevado número de individuos criados en Europa, la reintroducción a Estados Unidos o México también podría alterar los ecosistemas (Tena, 2020).

Por supuesto, la gestión de estos brotes ha sido verdaderamente complicada y seguramente influenciada por la incertidumbre y el miedo ante la pandemia. Sin embargo, optar por el exterminio solo ha sido posible porque se ha excluido a los visones americanos del debate. Solo podemos hacer conjeturas, seguramente utópicas, pero si los discursos mayoritarios se hubieran articulado exponiendo de forma clara el vínculo entre la explotación animal y las pandemias y los brotes descritos, o educando en el reconocimiento de los visones americanos como individuos sintientes con sus propios intereses, tal vez se habrían considerado otras alternativas para gestionar el problema. Por ejemplo, crear espacios para cuidar y monitorear a estos animales, sin explotarlos o suprimir sus conductas naturales. Opciones como ésta implicarían una importante inversión de recursos, pero conviene recordar el elevado coste de dinero público que ya está acarreando la prevención y gestión de brotes en granjas peleteras, las compensaciones económica que reciben y recibirán las explotaciones por las pérdidas, e incluso la erradicación del visón americano en el medio natural.  Si desde el antiespecismo queremos impulsar este tipo de alternativas que sitúan a los otros animales en el centro de la toma de decisiones, debemos, en primer lugar, exponer la falacia que supone calificar a estos animales como amenaza o dicotomizar las especies en buenas y malas, ya sea por el tipo de explotación a la que son sujetos, en el caso de la salud pública, o por su procedencia, en el caso del discurso ecologista. Un primer paso en esta dirección es educar sobre quienes son los otros animales. Esto puede ayudarnos a dejar de ver a las demás especies como grupos homogéneos de seres idénticos y a reconocer que cada individuo tiene una personalidad e intereses únicos. Esta nueva perspectiva podría contribuir a poner en valor moral a los individuos y no a las especies en su conjunto, algo clave ya que son los individuos quienes sufren la explotación y merecen políticas que les protejan. 

Industria de la piel de visón más allá de esta pandemia

Si ampliamos el foco más allá de esta pandemia, es importante recordar que la responsabilidad humana va mucho más allá de haber transmitido el virus a los visones o de haber optado por métodos violentos para contener los brotes, algo que, además, ya hemos presenciado en zoonosis anteriores. Nuestra especie es responsable de la explotación que ejercemos sobre los visones americanos y tantos otros animales. Casos como el minkgate danés causaron un gran rechazo social (BBC News Mundo, 2020), pero es injusto acordarnos de estos animales solo cuando su exterminio en masa aparece en los medios. Es importante tener presente que todos estos animales hubieran sido igualmente asesinados para producir pieles, independientemente de la pandemia. 

En el caso de los visones, las crías nacen en primavera, permanecen con sus madres durante algunas semanas y después son separadas de ellas para siempre. Durante toda su vida permanecen en las condiciones que ya hemos expuesto y, a los seis meses de vida, entre noviembre y diciembre, son asesinados. Existen diversos métodos para acabar con sus vidas, todos ellos diseñados para no dañar la piel. En muchos casos, los visones americanos son gaseados con dióxido de carbono o de nitrógeno, a menudo a bajas concentraciones para reducir costos, lo que les ocasiona una muerte lenta. En menor medida, también se opta por gasearlos con las emisiones de los tubos de escape de los tractores, a pesar de tratarse de una práctica prohibida en algunos países. Los visones son capaces de sentir la falta de oxígeno, por ello el gaseo supone estrés, convulsiones y mucho sufrimiento para estos animales. Las alternativas no son mucho mejores: las inyecciones letales con hidrato cloral o pentobarbital también acarrean una muerte lenta y angustiosa, ya que tardan varios minutos en hacer efecto; y la electrocución por vía bucal, anal o vaginal o el desnucamiento no siempre ocasionan una muerte inmediata. De hecho, el ritmo frenético de la granja puede conducir a que algunos animales sean despellejados antes de estar muertos (Pickett & Harris, 2015; Animal Ethics, 2016; AnimaNaturalis, 2019). Por lo tanto, no existe forma compasiva de matar a estos animales, ya que todos los métodos acarrean sufrimiento y acaban con la vida de un ser que tenía interés en mantenerla y vivirla en libertad. Condenamos a los visones a vidas y muertes llenas de sufrimiento y frustración solo para acabar convirtiéndolos en artículos de lujo, completamente innecesarios, con los que realzar nuestro estatus y exhibir orgullosos nuestro poder y dominio sobre el resto de humanes y, por supuesto, el resto de animales. 

A pesar del aparente consenso social que existe en diversos países europeos en torno al hecho de que explotar animales por sus pieles es éticamente reprobable, lo cierto es que las ventas, que cayeron en picado en los ’80 y ’90, han aumentado en el último milenio. Entre el 2005 y el 2015 se produjo un incremento del 65% de la producción y, entre 2013 y 2014, la exportación creció un 14% (Europe Innovating Heritage Responsibly, 2015). A pesar de las marcas que se han declarado libres de pieles, seguimos viendo otras que se resisten a dar este paso y a celebrities, referentes para las generaciones más jóvenes, ataviadas con pieles animales. Por todo ello, es positivo que Europa, el principal productor de pieles antes de la pandemia, se esté encaminado a acabar con la industria peletera, pero debemos permanecer alerta al panorama europeo post-pandemia y a lo que pueda suceder en países como Rusia o China, donde, en general, la tendencia del consumo de pieles no es a la baja (Pickett & Harris, 2015). Del mismo modo, no podemos aceptar que el fin de las peleteras implique aceptar el sacrificio masivo de visones como un mal necesario. Queda mucho trabajo por hacer y es necesario educar no sólo sobre la explotación para ampliar el apoyo social al cierre, sino también sobre quienes son los visones americanos, para que estos animales sean tomados en cuenta en todos los procesos de transición. 

Un recordatorio final

No podemos acabar sin recordar que la ejecución de animales no humanos no ha sido exclusiva de esta pandemia. Entre 2020 y 2021, también se dio muerte a millones de aves en granjas europeas y asiáticas por brotes de gripe aviar (BBC News, 2020; Singh Dillon, 2021; Nippon, 2021). Víctimas que se suman a las millones de olvidadas que sucedieron durante anteriores brotes de SARS, MERS, H1N1, gripe aviar, ébola, etc (Klous et al., 2016). Igual que los visones americanos, todos estos animales se criaron para acabar siendo consumidos por la especie humana y hubieran muerto de forma prematura igualmente. Por lo tanto, es importante exponer que todas las formas de explotación animal son igual de innecesarias y que los individuos que la sufren son seres sintientes que debemos no solo proteger en momentos de crisis, sino liberar del yugo de la explotación a la que nuestra especie los ha condenado.

Referencias:

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Animal’s Health. (2021b). España notifica su segundo foco de coronavirus en granjas de visones. Animalshealth.es Enlace

Animal’s Health. (2021c). España registra dos focos de coronavirus en visones en menos de una semana. Animalshealth.esEnlace

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¿Es posible una biomedicina sin experimentación animal?

Nota: Este escrito se basa en un resumen de una charla online titulada “Webinar on Animals, Pandemics and Global Health. Covid-19 Research: with or without animals?”, a la que el Grupo AVA asistió el 16/10/2020. Puedes ver la grabación del evento aquí.

Es obvio que la experimentación animal no es ética para los animales no humanos, sin embargo, hay quien desde la biomedicina afirma que tampoco es ética para las humanas, ya que representa un uso inefectivo de los recursos además de una fuente no fiable de información sobre la salud humana. ¿Cómo se llega a esta conclusión?

Evidencia(s)

La jerarquía de evidencias científica en biomedicina se basa en la pirámide que encontramos a continuación. En la base tenemos las formas de evidencia más débiles, en la cima las evidencias más sólidas. Como puede observarse, la evidencia más sólida en investigación biomédica se obtiene de las “systematic reviews”. La evidencia que apoya el uso de animales no humanos se encuentra en la base de la pirámide, o sea, se trata del tipo de evidencia más débil en biomedicina. Además, la evidencia en contra de la experimentación animal se encuentra en la parte superior de la pirámide, es decir, se trata del tipo de evidencia más sólida (Akhtar 2015).

La gran mayoría de los artículos publicados en biomedicina que utilizan experimentación animal en sus experimentos; tienden a usar el tipo de evidencia que se encuentra en la base de la pirámide. Es decir, la gran mayoría de experimentos que utilizan animales no humanos es porque lo han recomendado expertos o editoriales, no por otras razones que encontramos más arriba en la pirámide. No existe una evidencia real, en estos casos, de porqué necesitamos experimentar en animales no humanos para llevar a cabo estas investigaciones (Akhtar 2015)[1]

Pirámide jerárquica sobre los tipos de evidencia en biomedicina. En la base encontramos la evidencia menos sólida, en la cima la más sólida. Imagen empleada por Aysha Akhtar en el ““Webinar on Animals, Pandemics and Global Health. Covid-19 Research: with or without animals?”

Por estas razones, instituciones como The Center for Contemporary Sciences aboga por un cambio en la investigación biomédica: alejarse de la experimentación animal y promover las “systematic reviews”

¿Cuál es la eficacia real de la experimentación animal?

La mayoría de los fármacos que son prometedores en fase de ensayo en animales no humanos pasan la fase de ensayo en humanas.  De hecho, el 92% de los fármacos que pasan la fase en experimentación animal no pasan la fase de ensayo clínico en humanas. De este 90% de fallos, el 30% lo son por ser tóxicos en humanas después de pasar la fase de experimentación animal, el 70% restante simplemente no son efectivos en humanos (Akhtar 2015). Esta cifra no ha cambiado en los últimos 15 años, ¿por qué? 

La razón responsable de este gran número de fracasos es la forma en que se recrean enfermedades humanas en animales no humanos que por sí solos nunca padecen estas enfermedades. Por ejemplo, cuando una persona sufre un infarto cerebral es debido a que, durante años, ha sufrido unos factores subyacentes que han acabado provocando esto (30 años de estrés, colesterol alto, sedentarismo, etc). Las ratas no sufren infartos cerebrales, por lo que en los experimentos, hace falta mimetizar los síntomas. ¿Cómo se logra esto? Se les inyecta una substancia que produce un coágulo en la sangre que, al llegar al cerebro, hace que mueran células neuronales; produciendo algo parecido a una embolia cerebral (Saver et al. 2009). El problema es, sin embargo, que todas las causas subyacentes no están presentes en esta rata, simplemente se ha reproducido un síntoma. No es posible reproducir todas las causas subyacentes a una enfermedad humana en un animal no humano.  Por lo tanto, el conocimiento generado con este tipo de experimentos no es muy fiable, y va a fallar repetidamente a la hora de extrapolarlo a humanas (O’Collins et al. 2006) .No hace falta decir que, estos ensayos clínicos son tremendamente costosos en tiempo y dinero. 

Hay autores que defienden que este conflicto también está presente en la investigación básica, que a pesar de lo que se defiende hegemónicamente desde la biomedicina, no hay una aplicación significativa en humanos de la investigación básica que se realiza con experimentación animal (Greek and Greek 2010).

Desde hace más de una década se sabe que, como mucho, extrapolar los datos de animales a humanos acierta la mitad de las veces (Perel et al. 2007). De cada 5000-10,0000 fármacos o vacunas en fase de experimentación animal, solo 5 pasarán al ensayo clínico en humanas (Akhtar 2015). Los modelos de animales no humanos no son fiables, tanto porque fallan como porque nos hacen perder oportunidades alternativas potenciales. ¿Cuántos componentes hemos descartado por no ser efectivos en animales, cuando quizás si lo hubieran sido en humanas? La experimentación animal no es ética, pero además, no es un filtro eficiente de selección porque somos diferentes (Akhtar 2015)

La solución, por lo tanto, consiste en volver a centrarse en el estudio de la fisiología humana mediante herramientas humano-específicas. Para ello, es necesario redirigir la inversión a este campo, aunque se reconoce que se trata de una tarea difícil, ya que la inversión dirigida a la industria biomédica es más bien conservadora. Ahora bien, ¿de qué alternativas estamos hablando exactamente?

Covid-19 y alternativas a la experimentación animal. Del mito a la realidad

La urgencia por entender y encontrar una vacuna al Covid-19 ha movilizado enormemente la industria biomédica, dejando claro que el uso de modelos ineficientes entorpece y agrava las crisis sanitarias (Busquet et al. 2020). 

Este fracaso traslacional de la experimentación animal se debe a que ratones y humanas no son intercambiables, ya que éstos no pueden padecer asma, EPOC o Covid-19 y tienen respuestas inmunes diferentes a nosotras, por lo que fijarnos en ellos no nos va a dar información muy fiable o relevante. 

Al igual que el ejemplo anterior de la rata y el infarto cerebral, los ratones no pueden padecer Covid-19[2]. Por tanto, para poder reproducir la enfermedad, es necesario modificar el animal para hacerlo susceptible al virus. Es decir, se crean ratones transgénicos, a los que se les ha añadido el gen de una proteína a la que se une el virus con tal de poder entrar en las células pulmonares. Una vez más, las causas subyacentes no están presentes en este modelo. 

Entonces, ¿qué alternativas a la experimentación animal existen actualmente, sobre todo en la investigación del Covid-19? Existen al menos dos ejemplos sin ningún elemento animal: los organoides y los organ-on-a-chip.

Los organoides se tratan de pequeñas versiones en miniatura de elementos de tus pulmones, un cultivo de células originado a partir de una muestra del pulmón del paciente. Es una investigación personalizada, y aporta información mucho más fiable que infectar a un ratón transgénico (Barkauskas et al. 2017).  

Los organ-on-a-chips se tratan de un sistema similar pero mucho más dinámico. Son chips de un tamaño reducido que contienen diferentes niveles con varios canales. Se introducen diferentes tipos celulares en los canales en cada nivel. Como los niveles están conectados, se puede observar cómo los diferentes tipos celulares se comunican entre ellos. Se puede añadir oxígeno en un nivel, células pulmonares en otro nivel, células endoteliales en el siguiente nivel y células sanguíneas (que contienen células del sistema inmune) en el último nivel.  Es decir, el organ-on-a-chip puede simular la fluidez y el intercambio de substancias de la respiración. Si se introduce el virus del Covid-19 en el canal del aire, es posible observar cómo reaccionan e interaccionan todo el resto de tipos celulares. Y una vez más, las células provienen del paciente, lo que lo convierte en investigación personalizada. De la misma manera, es posible testar diversos fármacos en el organ-on-a-chip, reduciendo significativamente la cantidad de fármaco necesario para llevar a cabo los experimentos, y eliminando por completo las víctimas animales no humanas (Benam et al. 2016; Ingber 2020; Huh et al. 2012). 

Los modelos de experimentación sin animales no humanos se presentan como más eficaces, baratos, seguros y rápidos de desarrollar nuevas vacunas. Por ejemplo, en el “Brain Sphere Project” se utilizó un organ-on-a-chip de tejido cerebral con mucho éxito y aplicaciones en la investigación de Covid-19. Sólo con el modelo del “mini-brain” se ha podido observar que el Covid-19 es capaz de infectar nuestro tejido cerebral, cosa que en animales no es observable. Este hecho es muy relevante para poder entender mejor el “long-Covid”, que puede provocar síntomas graves como encefalopatía, encefalitis, psicosis y degeneración neurocognitiva, entre otros (Busquet et al. 2020; Bullen 2020). 

Si tenemos herramientas alternativas eficientes, ¿por qué no se están usando?

Ya hemos visto que la falta de financiación e inversión en el desarrollo y uso de estas técnicas es bastante limitada. Desafortunadamente, la experimentación animal está profundamente incrustada en nuestro sistema de investigación. De hecho, representa un requisito obligatorio en el marco regulatorio de la FDA[3], además de un requisito para publicar en muchas revistas científicas y para conseguir financiación.  

El objetivo de organizaciones legales Physicians Committee for Responsible Medicine es cambiar esta regulación para que la FDA (Food and Drug Administration, EEUU) apruebe y valide otros tipos de experimentación no animal que, además, son más eficientes. La mitad de los consumidores de fármacos del mundo son americanos, por eso las regulaciones de la FDA son tan importantes a nivel mundial. 

Conclusión

Los animales no humanos son distintos a nosotras, pero incuestionablemente iguales en términos de consideración moral. A grande escala, la investigación científica ha considerado a los animales no humanos como nuestros iguales en un único aspecto, el biologicista. Esta epistemología mecanicista, que iguala el cuerpo a la máquina, promueve una ética peligrosa al reducir los animales no humanos a sus cuerpos biológicos, los cuales han servido como modelos de experimentación maquiavélica para desentrañar los misterios de nuestros propios engranajes. No obstante, desde la misma disciplina de la biomedicina se sugiere que esta percepción es errónea y responsable de resultados deficientes y sesgados. La salud humana no está tan ligada a la experimentación animal como establecen las regulaciones de investigación, y otras alternativas son viables. Estas nuevas innovaciones son una oportunidad para repensar el tipo de medicina con la que queremos cuidar nuestros cuerpos. Las técnicas de experimentación no-animal nos muestran que es posible preservar la calidad de nuestras vidas sin sacrificar millones de otras. 

Organ-on-a-chip. Fuente: Wyss Institute (https://wyss.harvard.edu/technology/human-organs-on-chips/)

[1] Nótese que este artículo se trata de una “systematic review”, el tipo de estudio en la cima de la pirámide que proporciona las evidencias más sólidas. 

[2] Por otro lado, los primates sí que son susceptibles al Covid-19, pero no desarrollan el cuadro clínico conocido como “long Covid” o “severe Covid”. 

[3] Las regulaciones de la FDA respecto a la investigación en Covid-19 exigen tests de toxicidad en animales roedores y no roedores. 

BIBLIOGRAFÍA 

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Barkauskas, Christina E, Mei-I Chung, Bryan Fioret, Xia Gao, Hiroaki Katsura, and Brigid L M Hogan. 2017. “Lung Organoids: Current Uses and Future Promise.” https://doi.org/10.1242/dev.140103.

Benam, Kambez H., Remi Villenave, Carolina Lucchesi, Antonio Varone, Cedric Hubeau, Hyun Hee Lee, Stephen E. Alves, et al. 2016. “Small Airway-on-a-Chip Enables Analysis of Human Lung Inflammation and Drug Responses in Vitro.” Nature Methods 13 (2): 151–57. https://doi.org/10.1038/nmeth.3697.

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Perel, Pablo, Ian Roberts, Emily Sena, Philipa Wheble, Catherine Briscoe, Peter Sandercock, Malcolm Macleod, Luciano E. Mignini, Pradeep Jayaram, and Khalid S. Khan. 2007. “Comparison of Treatment Effects between Animal Experiments and Clinical Trials: Systematic Review.” British Medical Journal 334 (7586): 197–200. https://doi.org/10.1136/bmj.39048.407928.BE.

Saver, Jeffrey L., Gregory W. Albers, Billy Dunn, Karen C. Johnston, and Marc Fisher. 2009. “Stroke Therapy Academic Industry Roundtable (STAIR) Recommendations for Extended Window Acute Stroke Therapy Trials.” Stroke 40 (7): 2594–2600. https://doi.org/10.1161/STROKEAHA.109.552554.

Ganadería y enfermedades infecciosas: del consumo de animales a las zoonosis

Introducción

Todos los seres sintientes tenemos la capacidad de sufrir y disfrutar, de tener experiencias afectivas, por lo que somos sujetos de vidas significativas que pueden ser perjudicadas y beneficiadas. En las granjas, los intereses de los animales no humanos explotados pueden ser vulnerados de múltiples formas: imposibilidad de realizar comportamientos importantes, dolor asociado a prácticas rutinarias de manejo, estrés social debido a la inestabilidad de los grupos, predisposición a lesiones y enfermedades, frustración, aburrimiento, miedo, sin olvidar una muerte prematura e innecesaria. Por tanto, la consideración del bienestar experiencial de los animales explotados es motivo suficiente para justificar el rechazo a la práctica ganadera. Sin embargo, la explotación de animales se cuenta también entre las causas que sustentan amenazas para el bienestar de los seres humanos, como la crisis climática o las enfermedades infecciosas emergentes. Cabe añadir que estas amenazas son a su vez amplificadoras de los perjuicios que supone la ganadería para los animales no humanos, pues tienen repercusiones en los hábitats salvajes y se encuentran asociadas a prácticas preventivas como la matanza masiva de animales. En este artículo se revisan algunos de los puntos clave relativos a la relación entre consumo de animales y enfermedades zoonóticas emergentes según la revisión científica realizada por los investigadores Romain Espinosa, Damian Tago y Nicolas Treich publicada en la revista Environmental and Resource Economics el pasado agosto de 2020. 

Explotación de animales y enfermedades infecciosas

Alrededor del 75% de las enfermedades infecciosas son zoonóticas, es decir, enfermedades transmisibles entre animales humanos y no humanos. Las zoonosis causan aproximadamente mil millones de casos de enfermedad en seres humanos y millones de muertes cada año (Karesh et al., 2012). Espinosa y colaboradores (2020) afirman que aunque la actual pandemia de coronavirus es muy específica y sin precedente, no debería ser considerada anómala o inesperada, o simplemente atribuida a la “mala suerte”. En esta línea, Mike Davis, sociólogo, historiador, teórico urbano y activista político, recuerda que 

“la amenaza de un estallido de gripe aviar y su propagación mundial continúa siendo <<inminente>>. El monstruo de la gripe original, la cepa H5N1, cuenta en estos momentos con unos hermanos aviares aún más letales -H7N9 y H9N2- y, tal como advierte la Organización Mundial de la Salud (OMS), los virus de la gripe disponen de un <<vasto reservorio silencioso en las aves acuáticas, y su erradicación es imposible>>” (2020, p. 10).

Durante la redacción de este artículo, Francia anunció la matanza de 600.000 patos con el objetivo de controlar los focos de influenza aviar concentrados en los departamentos de las Landas. Los brotes corresponden a la cepa altamente patógena H5N8. No se han reportado infecciones humanas de la cepa H5N8, sin embargo, la OMS explica que “los virus de la gripe aviar deben vigilarse de cerca porque pueden mutar, lo que puede dar lugar a virus que pueden pasar de animales a humanos (capacidad zoonótica)”.

Explotación industrial de patos, Australia. Créditos: We Animals Archive

Entre 2011 y 2018, la OMS registró 1483 eventos pandémicos en 172 países (GPMB, 2019) y han sido declaradas seis emergencias de salud pública de preocupación internacional desde 2009. La ganadería juega un rol preponderante en la emergencia y propagación de patógenos zoonóticos, dado que muchas enfermedades infecciosas comunes llegan a los seres humanos a través de los animales domesticados. En las siguientes secciones se disecciona el riesgo zoonótico asociado a las diferentes modalidades de explotación ganadera.

Ganadería intensiva

La elevada concentración de individuos y la homogeneidad genética de los animales explotados, hacen que aunque la ganadería intensiva presente una probabilidad reducida de un primer contagio, las consecuencias de las enfermedades infecciosas sean más severas (Graham et al., 2008; Cutler et al., 2010; Dhingra et al., 2018). La proximidad genética y la elevada densidad de individuos ofrecen las condiciones ideales para la mutación y evolución de los patógenos, lo que incrementa el riesgo de aparición de una variante transmisible a los seres humanos. Como consecuencia, se añade una práctica más al entramado especista que atrapa a los animales explotados: para evitar el riesgo de transmisión a los seres humanos, así como la dispersión a otras granjas, una vez detectado un individuo infectado se suele recurrir a la matanza de todos los animales. Por ejemplo, más de 230 millones de aves murieron o fueron matadas durante la epidemia de gripe aviar H5N1 debido a la enfermedad o como consecuencia de las medidas contra la epizoonosis (Karesh et al., 2012). Además, con el objetivo de minimizar riesgos, también se recurre a la matanza de animales que viven en la naturaleza cerca de las granjas en que se hayan identificado individuos infectados, tal y como sucedió con la peste porcina africana y la matanza de jabalíes o la tuberculosis bovina y la matanza de tejones.

No deben pasar desapercibidas las condiciones en las que estos animales son criados y transportados. Una de las consecuencias del estrés al que se les somete es la debilitación de su sistema inmunitario, lo que incrementa el riesgo de infección (El-Lethey et al., 2003; Rostagno, 2009). La inmunodeficiencia de los animales explotados se contrarresta con el uso de fármacos antimicrobianos, lo que a su vez puede suprimir el sistema inmune de los animales (Yang et al., 2017), facilita la aparición de patógenos resistentes a antimicrobianos (Gorbach, 2001; Laxminarayan et al., 2013; Rohr et al., 2019) y contamina el entorno de manera directa o indirecta a través del sistema de desagüe, incrementando el riesgo de emergencia de cepas resistentes tanto en animales humanos como en no humanos (O’Neill, 2015). 

Finalmente y en relación al efecto asociado al transporte de animales, cabe destacar que el traslado de larga distancia de animales vivos, muertos o trozos de cadáveres incrementa el riesgo y la velocidad de transmisión de enfermedades (Di Nardo et al., 2011), como fue el caso de la peste porcina africana en China (Wang et al., 2013) o de la gripe A a nivel global (Nelson et al., 2015).

De la ganadería de traspatio a los sistemas extensivos o semi-intensivos

El riesgo de brote asociado a la ganadería familiar o de traspatio es el resultado de un mayor contacto entre los animales domesticados explotados y los animales que viven en la naturaleza (Henning et al., 2011; Wang et al., 2013). En relación a los sistemas extensivos o semi-intensivos, Espinosa y colaboradores (2020) afirman que presentan las desventajas tanto de los sistemas intensivos como las de los tradicionales. Por una parte, pueden estar asociados a transporte de animales, homogeneidad genética, uso profiláctico de antimicrobianos o deforestación. Por otro lado, los animales explotados se encuentran en mayor proximidad a los animales que viven en la naturaleza, lo que los hace más vulnerables a la transmisión de enfermedades infecciosas. En esta línea, Laddomada et al. (2019) demostraron que los cerdos explotados en condiciones extensivas en Cerdeña eran un vector importante de peste porcina africana, pues ocupan el mismo hábitat que los jabalíes (Costard et al., 2013; Iglesias et al., 2017).

Biodiversidad y crisis climática

El aumento global en el consumo de animales no humanos resulta en un incremento de los niveles de deforestación, práctica que responde al objetivo de crear pastos o de cultivar soja con la que alimentar a los animales explotados. La pérdida de biodiversidad resultante incrementa el riesgo de enfermedades zoonóticas emergentes. Civitello et al (2015) publicaron un metanálisis en el que se identificó que la pérdida de biodiversidad por causas antropogénicas estaba asociada al riesgo incrementado de enfermedades emergentes en seres humanos y animales salvajes. La principal hipótesis para explicar este fenómeno es el denominado “efecto dilución”1, el cual alude a que una mayor biodiversidad conduce a una menor prevalencia de infección debido al hecho de que los patógenos se encuentran “diluidos” en una gran diversidad de especies.

Por otro lado, la ganadería es responsable de aproximadamente el 14,5% de las emisiones de gases de efecto invernadero y aproximadamente el doble de este porcentaje si tenemos en cuenta el costo de oportunidad del uso del suelo (Poore y Nemecek, 2018; Searchinger et al., 2018). Cabe añadir que un estudio reciente ha identificado que la producción orgánica de productos de origen animal no es mejor para el clima: los costes externos asociados a gases de efecto invernadero más elevados corresponden a la producción convencional y orgánica de productos de origen animal, mientras que los costes más bajos corresponden a los productos de origen vegetal (Pieper et al., 2020). Como afirman Espinosa et al. (2020), el impacto de la crisis climática sobre la pérdida de biodiversidad la convierte en un riesgo adicional para la aparición de enfermedades infecciosas emergentes.

Conclusiones 

La ganadería es una práctica que vulnera los intereses de los animales que explota, en tanto que la imposición de circunstancias compromete la calidad de vida o bienestar experiencial de los individuos explotados. Por ello, las valoraciones desde la ética animal hacen de la ganadería una práctica rechazable. Pero de la práctica ganadera también se derivan perjuicios contra el bienestar de los seres humanos, siendo las enfermedades zoonóticas uno de los más destacables. 

Las denominadas fuentes tradicionales de “carne” como la ganadería de traspatio o los sistemas extensivos incrementan el riesgo de transmisión desde los animales en la naturaleza hacia los animales domesticados explotados. Por otro lado, la ganadería intensiva genera condiciones para la emergencia y amplificación de epidemias debido a la proximidad física y genética de una elevada cantidad de animales que a menudo presentan una salud comprometida. Además, la ganadería ejerce de incubador para la resistencia antimicrobiana y contribuye de manera indirecta a la propagación de patógenos de animales que viven en la naturaleza debido a la deforestación y la pérdida de biodiversidad.

1Cabe tener presente que el debate científico sobre la relación entre biodiversidad y enfermedad sigue activo, ver por ejemplo Rohr et al. (2020).  

Referencias

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Ser como animales

La perspectiva occidental de lo animal es antropocéntrica y, aunque hay infinidad de imaginarios en torno a los animales, que van de la mitificación al desprecio, el supuesto de la excepcionalidad humana en contraposición al animal subalterno permea las relaciones establecidas con otras especies.

Este supuesto trasciende las relaciones humano-animal reflejándose también en las relaciones entre seres humanos. Si ubicar a los otros animales por debajo de la excepcionalidad humana sirve para normalizar su (ab)uso y explotación sistemática, esto se aplica también cuando determinados grupos humanos son ubicados en lo subhumano o en la animalidad. Ser como animales conlleva el merecimiento de ser tratados como tal. Y aquí entramos en un entramado complejo y, muchas veces, contradictorio de valores, creencias y acciones en torno a lo que entendemos por humano/humanidad y animal/animalidad. 

Michel-Rolph Trouillot (1995), en su libro “Silenciando el pasado. El poder y la producción de la historia” planteó la Revolución haitiana acontecida entre 1791 y 1804 como un no-evento, por haber sido un hecho inconcebible. En un contexto donde se mezclaban las ideas renacentistas, las prácticas coloniales y los valores del iluminismo, el Hombre era situado en el centro del pensamiento filosófico y político, una categoría en la que no entraban los no-europeos. Las personas racializadas, colonizadas o esclavizadas eran ubicadas en escalas inferiores que iban desde la atribución de ciertos grados de humanidad a situarlas en el ámbito de lo subhumano o lo animal. 

… el argumento de que los africanos esclavizados y sus descendientes no podían concebir la libertad -y mucho menos formular estrategias para conseguir y afianzar esa libertad- se basaba no tanto en la evidencia empírica como en una ontología, en una organización implícita del mundo y de sus habitantes. Aunque no fuese monolítica, esta visión del mundo era ampliamente compartida por los blancos en Europa y en las Américas y también por muchos dueños no blancos de las plantaciones. Aunque esta visión dejaba espacio para cambios, ninguno de estos cambios incluía la posibilidad de un levantamiento revolucionario en las plantaciones de esclavos, y menos aún uno que tuviese éxito y que llevase a la creación de un estado independiente. Así, la Revolución haitiana entró en la Historia con la peculiar característica de ser impensable incluso cuando sucedió. Los debates y publicaciones oficiales de la época, incluyendo la larga lista de panfletos sobre Santo Domingo publicados en Francia entre 1790 y 1804, muestra la incapacidad de la mayoría de los contemporáneos para entender en sus propios términos la revolución en curso. Sólo podían leer las noticias bajo sus categorías previamente confeccionadas; categorías que eran incompatibles con la idea de una revolución esclava (Trouillot, 1995, p. 61)

Al antropólogo señala que admitir la capacidad de los esclavos para rebelarse suponía reconocer su humanidad, al mismo tiempo, ya que la resistencia estaba teniendo lugar, ésta era reprimida duramente. En las plantaciones no podían negar las manifestaciones de resistencia, pero éstas se minimizaban, explicándolas como casos aislados o en términos patológicos.

El esclavo A huyó porque fue especialmente maltratado por su amo. El esclavo B faltaba porque no estaba alimentado adecuadamente. La esclava X se suicidó en una rabieta fatídica. El esclavo envenenó a su señora porque era una envidiosa. El fugitivo es reflejado en esta literatura -que todavía tiene discípulos-como un animal impulsado por limitaciones biológicas, o como mucho como un caso patológico. En cambio, el esclavo rebelde es un Negro inadaptado, un adolescente rebelde que ingiere tierra hasta que muere, una madre infanticida, un desviado. (Trouillot, 1995, p. 70)

A través de su libro, Trouillot muestra que una determinada visión del mundo, por hegemónica que pueda llegar a ser, no constituye una verdad universal, sino un modo aprendido de mirar y de ver, que nos construye y de cuya construcción participamos. Las consecuencias, más allá de las metáforas, son reales y profundas. Por otro lado, hay numerosas alusiones a la animalización o deshumanización de las personas esclavizadas; mantener las estructuras de poder de la época requería categorizaciones jerárquicas, invisibilizaciones y silenciamientos. Hoy las personas racializadas son situadas en la categoría de seres humanos. Llegar a esta categorización no ha sido un recorrido simple basado en el despertar de la empatía de la sociedad dominante o en la rebelión de los esclavizados. El proceso fue largo, el racismo sigue existiendo y las motivaciones que propulsaron la humanización de los esclavos y el fin de la esclavitud diversas:

En Francia como en Inglaterra, los argumentos a favor o en contra de la esclavitud en el campo de la política formal eran expresados no pocas veces en términos pragmáticos, a pesar de la popularidad del abolicionismo británico y sus connotaciones religiosas. Sin embargo, la Ilustración supuso un cambio de perspectiva. La idea de progreso, ahora confirmada, sugería que los hombres eran perfeccionables. Por tanto, los subhumanos podían ser, al menos teóricamente, perfeccionables. Sobre todo, el comercio esclavo estaba siguiendo su curso, y la economía de la esclavitud sería cuestionada cada vez más conforme el siglo se acercaba a su final. La perfectibilidad se convirtió en un   argumento en el debate práctico: el otro occidentalizado fue cada vez visto como más rentable por Occidente, especialmente si podía convertirse en un trabajador libre. (Trouillot, 1995, p. 67)

La animalización como estrategia (consciente o no) de deshumanización del otro para justificar, ejercer e incluso normalizar violencias, discriminaciones y (ab)usos sigue presente y, aunque esta y otras formas de deshumanización han sido ampliamente analizadas y rechazadas, hay una dimensión que suele ignorarse: el antropocentrismo. En la actual visión occidental del mundo entendemos que tratar o considerar a seres humanos como animales es injusto, está mal. Sabemos que el objetivo implícito de la animalización es reducir al otro, destacar que no alcanza esa excepcionalidad humana que nos atribuimos como especie. Sin embargo, se dan dos contradicciones. Por un lado, en este tipo de afirmaciones, no solo históricas sino cotidianas, se está dando por sentado que la explotación, el (ab)uso, las violencias e incluso el exterminio, son perfectamente aceptables cuando se trata animales. Incluso para aquellas especies incluidas en el ámbito afectivo tenemos expresiones que aluden a la normalización de su maltrato: “ser tratado o abandonado como un perro”. Por otro lado, seguimos empleando la animalización para reducir al otro, cuando consideramos que ese otro, por los motivos que sean, no alcanza el ideal de humanidad que tenemos en mente. Por ejemplo, cuando usamos determinadas especies animales como insulto o alegamos que quien mata, viola o roba es un animal1. Atribuimos lo negativo de la humanidad a una animalidad que, a fin de cuentas, nos es inherente. La idea Ilustrada de la perfectibilidad humana, del Hombre como centro del universo, sigue siendo parte de nuestro modo de ver del mundo. Así como un orden ontológico construido a partir de marcadas oposiciones binarias (humano/animal, superior/inferior, naturaleza/cultura…)  Las perspectivas que van más allá de estas demarcaciones también son numerosas.  

Matthew Calarco (2013), en su artículo Ser para la carne: antropocentrismo, indistinción y veganismo, emplea el término indistinción para, a partir las obras de Friedrich Nietzsche y de Val Plumwood, proponer “un completo cuestionamiento del antropocentrismo, que abra nuevas posibilidades para el pensamiento y la vida” (p. 19)

Si antes aludíamos al supuesto de la excepcionalidad humana, Calarco toma algunas ideas de Nietzsche quien, en su discurso crítico, descentra al humano, refutando la idea de su superioridad basada en habilidades cognitivas y lingüísticas. Para el filósofo alemán dichas habilidades, en vez de afirmar su superioridad, servirían para lo contrario al entender que fueron desarrolladas desde la necesidad de expresar la penuria de ser el animal en mayor peligro. A continuación, se refiere a lo que Nietzsche llama “antropomorfismo estético”, un marco limitado y dogmático del pensamiento que toma al humano como medida ontológica y epistemológica impelido a la búsqueda de análogos de sí mismo. El desafío propuesto es fomentar “una reverencia para aquello que yace más allá del horizonte humano” (p. 27) Para Calarco, el análisis de Nietzsche revela cómo “el desplazamiento del antropocentrismo abre posibilidades afirmativas para otras formas de vida” (p. 28) Y este desplazamiento es, precisamente, lo que situaría eso que llamamos “humano” y “animal” en una zona de indistinción

En la segunda parte del texto el autor aporta más matices al término indistinción, a partir de las reflexiones de la filósofa ecofeminista Val Plumwood, quien sobrevivió al ataque de un cocodrilo en 1985. Este suceso fue narrado por ella misma en su libro “Being prey” (1996), como una experiencia que cambió su modo de ver el mundo. Ella era vegetariana y tras sentir en primera persona lo que es ser reducida a presa, a carne para otro animal, la llevó a cuestionarse el vegetarianismo. Pero lejos de abandonarlo le sirvió para reafirmarlo, aunque eso sí, con una perspectiva muy diferente: la de los cuerpos que, sean de la especie que sean, se encuentran en una zona de indistinción donde son carne y al mismo tiempo son mucho más que eso.

Calarco se pregunta si es posible asumir que humanos y animales somos fundamental y ontológicamente comestibles y aun así llegar a un veganismo ético2. Invita a repensar el principal argumento del veganismo que se empeña en situar a los animales de otras especies en el ámbito de lo no-comestible. Y rebate el argumento contra el veganismo que alega que, si los animales se comen unos a otros, los humanos también pueden o deben hacerlo. Para el filósofo, siguiendo las reflexiones de Plumwood, “un veganismo que tome en serio la indistinción, que tome el desplazamiento del antropocentrismo seriamente, debe partir de la idea de que los humanos y los animales son simultáneamente carne y más que carne” (Calarco, p. 35)

La realidad de los animales como subalternos, bienes, productos, fuerza de trabajo, mercancías, comida, etc. es un hecho innegable. Pero eso no significa que dicha realidad responda a algún tipo de orden natural del mundo. Las estructuras individuales y colectivas que sustentan (y son sustentadas por) el (ab)uso de los animales de otras especies son muchas y, el antropocentrismo, como apunta Calarco, “es mucho más que un aparato conceptual, también debe ser entendido como una serie compleja, robusta y enlazada de prácticas discursivas y materiales. Las prácticas e instituciones que sirven para establecer, reproducir y mantener la forma de vida antropocéntrica son tan numerosas…” (2013, p. 23). Aspectos económicos, ideológicos, históricos, políticos, socioculturales conforman un denso entramado que convierten el (ab)uso brutal y sistemático del otro animal en lo normal. Las formas en que privilegiamos lo humano son fácilmente discernibles. Sin embargo, la naturalización y consolidación de dicho privilegio hacen complicado (aunque no imposible) su cuestionamiento y deconstrucción. No basta con argüir que simplemente se trata de falta de empatía o de ética. Los modos en que la animalidad ha sido atribuida a humanos y las acciones derivadas de ello, tal como hemos visto, tampoco pueden explicarse de forma simple. Asumir la perversidad de un sistema implica asumir nuestra participación en él, cuestionar nuestra visión del mundo, nuestro lugar en él, y esto no es tarea fácil. Incluso cuando nos posicionamos a favor de la liberación animal o contra diversas discriminaciones y violencias ejercidas sobre los otros, lo hacemos desde las limitaciones del orden ontológico del contexto en que vivimos. Es decir, seguimos inmersas en ese entramado antropocéntrico, occidental(izador) y sus trampas.

1 Por supuesto, también se da una “animalización positiva” al emplear expresiones en las que nos atribuimos aquellas características de los animales que consideramos buenas: “ser fuerte como un toro o valiente como un león”.

2 De forma general contextualizamos el veganismo ético como el abandono del consumo de animales o productos derivados de los mismos, sea que dichos productos proceden directamente de sus cuerpos o del uso de animales como fuerza de trabajo, entretenimiento, etc. La renuncia a participar de la común explotación animal que se da dentro del sistema económico y social se escoge por motivos éticos hacia los animales y, en muchos casos, también por las implicaciones medioambientales y sociales que conlleva dicha explotación. Cabe señalar que en el texto nos referimos a un contexto occidental y que los modos de entender las ideas y prácticas del veganismo pueden variar en función del ámbito cultural. Incluso dentro de un mismo contexto occidental darse otros veganismos que opten por no consumir animales, pero lo hagan por otras motivaciones como puedan ser la salud o cuestiones religiosas.

Bibliografía

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Trouillot, M.R. (1995) Silenciando el pasado. El poder y la producción de la historia. Ed. Comares Historia. (Granada)

LA VACUNA DE LA COVID-19 I LES VÍCTIMES NO HUMANES

La crisi de la COVID-19 ha engegat una cursa per trobar una vacuna el més aviat possible que pugui prevenir infeccions i evitar un nou col·lapse sanitari. El curs habitual de comercialització d’una vacuna acostuma a durar més de 10 anys i inclou una fase on el fàrmac es testa en “models animals”, és a dir, animals no humans criats per aquesta única funció. 

Els altres animals que les humanes utilitzem en recerca quasi sempre neixen als estabularis, viuen en gàbies i són assassinades quan el propòsit que se’ls ha donat finalitza. El propòsit és molt variable, segons l’objectiu de l’estudi: analitzar la resposta a substàncies, sotmetre’ls a proves de comportament o simplement ser un grup control que no serà tractat, entre d’altres. Amb pràctiques d’una crueltat variable però una mort inevitable de les quals poques vegades se’n parla quan celebrem un èxit científic. L’objectiu final de l’experimentació amb animals és desaparèixer, segons acorden tots els organismes de recerca, i les “bones pràctiques” que s’han de garantir mentre existeixi es basen en el principi de les tres R: Reemplaçar en cas que existeixi un mètode alternatiu sense animals; Reduir al mínim el nombre de vides que s’utilitzen; Refinar els mètodes per causar el mínim dolor. 

El cas dels primats no humans en recerca biomèdica genera un gran debat i, malgrat es reporta com una pràctica objectivament útil, es posa en qüestió ja que segons el Parlament Europeu “degut a la proximitat genètica i les habilitats socials altament desenvolupades, l’ús de primats no humans desperta qüestions ètiques específiques i problemes pràctics en termes de garantir les necessitats comportamentals, ambientals i socials als laboratoris”. Existeixen regulacions que limiten l’ús de primats no humans en recerca només si es tracta d’una prioritat (malalties neurodegeneratives, infecció de VIH…) o per si pot generar efectes secundaris greus a humanes. Tot i així, les dades que arriben assenyalen que a la Unió Europea s’utilitzen més de 10.000 primats en experimentació anualment.

Aleshores, què està passant amb la vacuna per la COVID-19? El sector privat està encapçalant la cursa, el que portarà a una patent que es pagarà amb diners públics quan la vacuna es comercialitzi. Més enllà del profit i les mancances de finançament en recerca pública, aquestes empreses han rebut permís per d’inocular SARS-CoV-2 i provar la seva vacuna a grups de macaco rhesus (Macacca mulatta). Des de fa dècades, individus d’aquesta espècie han rebut tractes que la societat europea del 2020 qüestionaríem, com missions espacials abocades a una mort terrible. La mort de primats que tant debat ha generat en altres situacions ara no la trobem entre la comunitat científica ni als mitjans de comunicació, possiblement per la barreja de la necessitat i un privilegi d’espècie inqüestionable.

Crèdits: Understanding Animal Research.

Davant aquesta situació hi ha molts elements a tenir en compte per adquirir una visió global i crítica. En primera instància, cal recordar que els “models animals” tenen una funció limitada, ja que el percentatge d’informació genètica compartida no és un criteri de similitud fisiològica o immunitària. Per exemple, la minúscula variabilitat genètica entre grups ètnics d’humanes (un 0,6% de mitjana) pot modificar substancialment l’eficàcia i els efectes secundaris d’un fàrmac. També representa una limitació utilitzar individus fora dels seus espais naturals i constantment exposats a factors estressants com el maneig per humanes, la incapacitat d’amagar-se, l’espai limitat o la formació de colònies no naturals. La comunitat ha anat tan lluny en aquest aspecte que s’han validat, per exemple, simulacions de “desesperança” en altres animals a base de descàrregues elèctriques constants per modelitzar el comportament suïcida en humanes. 

Complementàriament, cal revisar el punt de tall en el qual justifiquem l’ús d’animals no humans. Amb els primats es planteja un debat degut a les “habilitats socials altament desenvolupades”, una mena d’empatia sorgida de l’antropomorfització d’aquestes espècies: “si són com nosaltres no els hi podem fer mal”. I la resta d’espècies que no considerem similars a nosaltres? Seríem capaces d’imaginar-nos un escenari on recolzem l’experimentació amb humanes amb habilitats socials poc desenvolupades, com pot passar en certs de trastorns greus, malgrat això permetés un avenç científic sense precedents? Des de les corrents antiespecistes es proposa considerar moralment a qualsevol individu per la seva sintiencia, la presència d’una consciencia que viu experiències subjectives com el dolor o el plaer. Si fos així, quedarien fora de l’experimentació de la vacuna de la COVID-19 les tres espècies que més s’estan utilitzant: ratolins, fures i macacos. I en altres tipus de recerca les rates, cobais, porcs, peixos, altres primats…

La realitat actual posa de manifest, però, que els models animals generen grans avenços biomèdics i que les eines que tenim actualment per reemplaçar-los no són suficients. Existeixen aproximacions com els cultius cel·lulars o les simulacions in silico (amb eines computacionals) que aporten coneixement des d’altres punts de vista més enllà dels models animals. Si bé aquestes metodologies són prometedores, necessiten d’una inversió per part de tota la comunitat científica, especialment de les institucions que remarquen la importància de reemplaçar els models animals, per optimitzar-les i convertir-les en nous models de referència en recerca. Per tant, el desenvolupament de la vacuna de la COVID-19 comportarà inevitablement moltes vides no humanes.

L’origen de bona part de les pandèmies es troba de manera directa o indirecta relacionada amb l’explotació dels altres animals. La destrucció d’ecosistemes, l’engabiament i el transport d’animals no humans ha sigut l’origen de moltes malalties infeccioses zoonòtiques (transmissió de no humanes a humanes). En aquest cas, atacar l’arrel del problema necessita d’una visió empàtica i compassiva de la nostra relació amb les altres espècies més enllà del model científic i transversal a la nostra quotidianitat. Cal seguir treballant per repensar el nostre paper en aquest canvi de paradigma i repensar-nos com a individus i consumidores.

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¿Por qué pintaban animales las personas del Paleolítico?

Desde Andalucía hasta los Urales, las humanas de la prehistoria realizaron pinturas rupestres durante 25.000 años, doce veces la duración del cristianismo. La más antigua está datada de al menos 40.000 años, en El Castillo, y consta del relieve de una mano. Sin embargo, las imágenes de los animales constituyen el principal elemento del arte Paleolítico superior. Los motivos presentan variedad según región y periodo, pero sin duda alguna abundan los animales: encontramos caballos, bisontes, ciervos, rinocerontes, felinos, mamuts, renos, leones, cabras, entre otros. Las figuras humanas aparecen representadas en mucha menor proporción y reducidas a garabatos poco naturalistas. “La unidad intrínseca del arte, a pesar de cambios y las variaciones regionales o cronológicas, es testimonio de una actitud de espíritu común que se mantuvo intacta hasta el fin de la última glaciación” (1).  

  Este arte Paleolítico es sin duda alguna fascinante, ya que, como dijo Picasso, revela que no hemos inventado nada nuevo, y que las humanas “primitivas” eran tan modernas como nosotras. No hay duda de las capacidades artísticas de estas personas, de lo cual se deduce que, si pintaban algo de forma poco definida, es porque esa era su intención. Tampoco hay duda de que llevar a cabo estas pinturas era algo tremendamente importante, que requirió la invención de lámparas sin humo, arrastrarse por túneles claustrofóbicamente estrechos, o incluso la construcción de andamios (Sala de los Toros de Lascaux). Las cuevas de Lascaux, Chauvet o Altamira son tres ejemplos sublimes de la capacidad creativa de Homo sapiens milenios atrás. Décadas de investigación paleoantropológica se centran en intentar resolver la pregunta que también motiva a esta breve reflexión, ¿por qué pintaban animales estas personas? Y más allá, ¿qué tipo de relación tenían con los animales?

Imagen que contiene pasto, pequeño, pájaro, pintura

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Artista pintando los famosos bisontes de la cueva de Altamira. El 75% de las manos pintadas en el Paleolítico corresponden a manos de mujeres. Ilustrador: Arturo Asensio

Rasgos comunes

Los animales son un elemento primordial en el arte paleolítico. A pesar de la diversidad cultural y temporal, estas obras comparten rasgos comunes. Por ejemplo, los animales siempre aparecen separados del ambiente que les envuelve, no hay línea de suelo ni árboles u otra flora que los rodee. La importancia recae en el animal, no en el mundo exterior ni en los elementos de la vida cuotidiana. Tampoco se respetan las tallas; un animal pequeño puede aparecer representado en un tamaño mayor al que le correspondería en comparación a otro. La mayoría, salvo pocas excepciones, aparecen representados de perfil. Además, las actitudes de los animales están muy bien representadas y reflejan una atenta observación de la vida animal. “Estudios recientes, realizados en colaboración con un especialista en bisontes vivos, han demostrado hasta qué punto los detalles mencionados pueden cambiar nuestra comprensión de las imágenes. En lugar de ver un «bisonte», nuestro especialista, como los magdalenienses, vio un «bisonte hembra joven en actitud de espera», o un «viejo macho en posición de ataque», y esto lo cambia todo. Para las personas que viven en estrecho contacto con la naturaleza, cada parámetro concurre para crear una realidad diferente” (3). Otro rasgo importante es que varias pinturas aparecen superposiciones a lo largo del tiempo, pero no se destruyen las obras anteriores. (Santuario Trois-Frêres). En otras ocasiones, un saliente rocoso con forma específica se aprovecha para representar al animal al que recuerda (pájaro de Altxerri, caballos de Peche Merle).  

Proyección de nociones actuales en el pasado

¿Qué cosmovisión organizaba el mundo prehistórico? ¿Qué posición ocupaban los animales en ella? ¿Eran nuestras ancestras animistas o totemistas? ¿O eran acaso especistas como el orden hegemónico actual? ¿Eran los animales sujetos u objetos? 

Algunas teorías de finales del siglo pasado sostienen que las pinturas rupestres tenían una función estética, es decir, el arte por arte. No obstante, muchas figuras se encuentran en rincones muy pequeños y escondidos en las cuevas, donde sólo sería posible contemplarlas para una persona o dos a la vez, lo cual desestima su utilidad estética. También se sugirió el totemismo, aunque no encaja muy bien con la gran variedad de animales pintados en el mismo sitio, ya que, si fuera cierto, se esperaría encontrar la “cueva del oso”, o la “cueva del reno”. Y, además, ¿qué hay de la flora? (1).

El prehistoriador francés André Leroi-Gourhan definió la teoría estructuralista, que se basaba en un sistema de creencias binario en el cual el mundo se organiza por binomios, ya que algunos animales aparecen siempre asociados a otros. Por extensión, este sistema binario abarcada también los géneros masculino y femenino, por lo cual los binomios de animales también representan la masculinidad y la feminidad (el bisonte es el símbolo de lo femenino y el caballo el de lo masculino, por ejemplo).  Aunque es cierto que hay asociaciones de animales demasiado frecuentes como para ser fortuitas, no significa que culturalmente representasen valores que organizan nuestra sociedad hoy en día. Atribuir valores sexuales a los animales y los signos es proyectar valores actuales sobre las sociedades pasadas. La antropóloga Genevieve Von Petzinger lo compara al caso de las comúnmente llamadas “venuses paleolíticas”, las múltiples estatuillas femeninas prehistóricas encontradas en los yacimientos por toda Europa. Hay quien sugirió que quizás se tratasen de pornografía paleolítica, aunque Von Petzinger aclara que es bastante improbable y que se trata de una proyección de nuestras percepciones de la desnudez y la sexualidad (4). A causa también de las nociones sexistas actuales, la comunidad académica se sorprendió al descubrir que el 75% de las manos pintadas en las cuevas paleolíticas corresponden a manos de mujeres (5).    

La teoría más popular, sin embargo, defendía que la realización de pinturas de animales sobre la roca se trata de un tipo de magia simpatética, es decir, pintaban animales para atrapar su poder y lograr así una caza exitosa. Esta teoría se basa mayoritariamente paralelismos evolutivos con cazadores recolectores Khoi San, que también pintan figuras similares con este fin. Se recurre a la etnología para encontrar paralelos susceptibles de reforzar interpretaciones. Estas comparaciones puntuales son criticadas como fútiles y generalizantes, ya que no se puede encontrar una explicación global. La idea de que los prehistóricas constituían una humanidad primitiva, y que como los primitivos, estaban en un mismo estado evolutivo es preconcebida y falsa (1). 

Sin embargo, estas pinturas están lejos de representar un menú paleolítico. “Si la magia simpatética había sido el motivo esencial del arte paleolítico, se podría esperar encontrar una mayora de animales hechizados, señalados con flechas o heridas, hembras preñadas, escenas sexuales explicitas, así como una equivalencia entre la fauna documentada durante las excavaciones de los hábitats y las representaciones de los animales” (1). Sin embargo, el porcentaje de animales asociados a signos que representan armas es bastante escaso, y se tratan tanto de especies consumibles como no (6). “El marco culinario (animales cazados) no presenta correlación con el marco figurado” (1).  A este argumento se añade también el caso de las manos y los símbolos, ¿cómo encajarían en la teoría de la caza? Hay incluso otro tipo de pinturas que desestabiliza esta teoría, figuras que no existen en el mundo real y que por tanto no podían desear cazarlas: las entidades híbridas animales-humanos (7). Es probable que esta perspectiva esté tintada de las nociones especistas de los investigadores, que reflejan la imposibilidad de ver al animal como algo más allá de un objeto de consumo.

El animal-humano y la teoría del chamanismo

El híbrido animal-humano más antigua se trata de una figurita hombre-león encontrada en Alemania hace 40,000 años. Al no existir en el mundo real y ser algo imaginario, podemos aventurar que se trata de una historia intangible o una deidad (7). Este tipo de entidad híbrida aparece también en las pinturas rupestres, véase “El Hechicero” y el “Hechicero tocando un instrumento musical” de Trois Frêres , la mujer-bisonte de Chauvet, o el hombre-pájaro de Lascaux

A partir de este tercer tipo de figura, el animal-humano, surge otra teoría más moderna respecto al origen de las pinturas rupestres. Jean Clottes, paleoantropólogo especialista en pinturas rupestres, sostiene que, si se trataba de humanas modernas, probablemente también estaban interesadas en dónde y cómo fueron originadas. Probablemente, estas personas querían entender mejor las cosas aparentemente inexplicables que veían a su alrededor, e incluso intentar controlar algunas de ellas mediante la intervención sobrenatural (1).

En un interesante estudio conjunto con la neurobiología, sugiere que las pinturas son producto de los estadios de trance donde el/la chaman/a —practicantes en el mundo religioso que buscan estados de conciencia alterada para cumplir misiones— plasmaba en la pared las visiones que tenía. Clottes resalta que, el chamanismo está presente en todas las sociedades cazadoras-recolectoras conocidas, y que esta ubicuidad del chamanismo no es a causa de la difusión cultural de ideas; sino a causa de la capacidad universal del sistema nervioso de alcanzar niveles alterados de conciencia. La alteración del estado de conciencia, dice Clottes, pasaría por tres estadios: el primeo caracterizado por la visión de figuras geométricas, el segundo por visiones de animales y el tercero por entidades híbridas entre animal y humano (1). Por ello encontramos estos tres tipos de pinturas en las cuevas, lugares de aislación sensorial que facilitarían el estado de trance. Además, argumenta Clottes, esta teoría explicaría por qué pintaban en la superficie rocosa, es el velo que separa ambos mundos, no es casualidad. El sitio es tan importante como la pintura y el animal que se pinta. Las pinturas de las manos serian una forma de conectar con ese otro mundo inferior que alberga animales espíritu mágicos. Esto explicaría en parte la cantidad de figuras superpuestas en la misma lámina rocosa. O también, el caso de los animales a medio pintar, ya que muchas veces solo se pintan las cabezas de los animales, que aparecen representados como si salieran de la roca. Hay pinturas tanto de fácil acceso como de difícil acceso dentro de las cuevas, lo cual sugiere utilidades diferentes. “Se puede suponer que las figuras no estaban destinadas a ser vistas por muchas personas, y que lo que contaba era la acción de crearlas y no el resultado de hacerlas en función de eventuales espectadores” (1). Para Clottes, la finalidad de las pinturas rupestres responde ante una interacción entre la artista, la imagen, la roca, el animal espíritu y el espectador (8). El animal, en esta teoría, se presenta como un sujeto con una función social, nada menos que mágica.

Las teorías nacen de la influencia del pensamiento de cada época, por ello hay que recordar que cada una extenderá proyecciones actuales sobre el pasado. Desde el Grupo de Antropología de la Vida Animal, creemos que la academia tiene la difícil responsabilidad paralela de intentar identificar estos prejuicios y cuanto menos reconocerlos y revisar las teorías. Los animales no se trataban de objetos de caza o de consumo. Los animales eran la base sobre las que parece entretejerse la matriz social de estas personas. “Lo que está claro es que no pintaban lo que veían. Apenas seis o siete especies animales representan el 90% del panteón paleolítico. No son retratos del natural. Son símbolos. Son los principios estructurantes de una cosmogonía” (6). 

¿Por qué pintaban animales estas personas? ¿Qué tipo de relación tenían con los animales? ¿Qué podemos aprender y aplicar a nuestra relación actual con los animales? Hoy por hoy, es algo difícil de responder con precisión. Sea como fuere, coincidimos con el célebre antropólogo Claude Lévi-Strauss, los animales son buenos para pensar

REFERENCIAS 

(1) Clottes, Jean & Lewis-Williams, David (2010) “Los chamanes de la Prehistoria” Ariel. Historia 

(2) Von Petzinger, Genevieve (2010) “The First Signs. Unlocking the Mysteries of the World’s Oldest Symbols” Atria

(3) Clottes, Jean & Lewis-Williams, David (2010) p.51

(4) Von Petzinger, Genevieve (2010) p.95

(5) Snow, Dean. 2013. “Sexual Dimorphism in European Upper Paleolithic Cave Art.” American Antiquity 78 (4): 746–61. https://doi.org/10.7183/0002-7316.78.4.746.&nbsp;

(6) Ansede, Manuel. (2019).”Prehistoria ¿Para Qué Pintaban Los Primeros Humanos? | Ciencia | EL PAÍS.” Accessed August 28, 2020. https://elpais.com/elpais/2019/12/21/ciencia/1576930926_725975.html.

(7) Von Petzinger, Genevieve (2010) p.148-149

(8) Clottes, Jean & Lewis-Williams, David (2010) p.89

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